La última vez que Iraine Hondaluz habló con sus hijos fue desde un aparcamiento vacío, bajo la lluvia, con el motor apagado y el eco pegado a la oreja.
—¿Mamá? —Era Fenn. Tenía diez años y contestaba siempre el primero, aunque estuviera en la otra punta de la casa—. ¿Cuándo vienes?
—Mañana —dijo Iraine.
No sabía si era verdad. Lo dijo igual, con la voz más normal que pudo, mirando cómo el agua corría por el parabrisas. Al otro lado del cristal, al fondo del aparcamiento, se veía el barranco, negro, y sobre él las luces de un puente de piedra muy alto. Y al otro lado del puente, colgado del risco, un monasterio con una sola ventana encendida.
—Papá ha hecho macarrones y se le han quemado —informó Fenn—. Por abajo estaban negros y papá ha dicho que la olla ya era vieja. Ysel dice que están crujientes a propósito. Yo me he comido los de arriba. Y Dovan está en el entrenamiento y ha dicho que si llamabas te dijera que ha marcado dos.
—¿Dos? —A Iraine se le escapó la risa, y fue como respirar después de mucho rato debajo del agua—. Dile que dos es muy poco. Que la semana pasada me prometió cinco.
—Es que si se lo digo se enfada conmigo, no contigo. —Una pausa. Fenn respiraba fuerte cuando pensaba—. Bueno, se lo digo. Mamá, ¿me cantas la canción? Es que sin la canción la lámpara hace en el techo una jirafa con dos cabezas.
—Fenn, cariño, estoy en la calle.
—Pues bajito. Yo me pego el eco a la oreja y así no te oye nadie más.
Iraine cerró los ojos. Le cantó la primera estrofa de la nana, la de siempre, la que le cantaba desde que nació: duerme, mi hilo, mi lana. Muy bajo, para que no se le notara que le temblaba la voz. Al otro lado, Fenn se quedó callado, como se quedaba siempre, y ella supo sin verlo que se había metido debajo de la manta con el eco.
Luego se oyó un forcejeo, un «¡que me lo devuelvas!» muy indignado, y otra voz, más seca.
—Mamá, que está en pijama y es tardísimo, y luego no hay quien lo duerma. —Ysel. Trece años y la costumbre de hablar como si todo el mundo llegara tarde a algo—. ¿Dónde estás? Papá dijo que eran tres días, y van tres.
—Trabajando. En un archivo.
—Uno: se oye la lluvia en el techo de un coche. Dos: en los archivos no llueve. Tres: Fenn dice que le has dicho «mañana», y «mañana» es lo que dices cuando no lo sabes.
—Cuatro: tú tendrías que estar en la cama. Yo también sé contar.
—No cambies de tema. —Ysel se quedó un segundo callada, de esa forma suya que parecía una pregunta—. ¿Estás bien?
Iraine abrió la boca para decir que sí. Y no lo dijo, porque ya le había mentido una vez esa noche, con lo del archivo, y no quería que la última vez fuera una mentira.
—Os quiero mucho —dijo en su lugar—. A los tres. A papá también. Díselo.
—Mamá, qué rara estás. —Ysel bajó la voz, e Iraine la oyó cerrar una puerta—. Si ha pasado algo, me lo puedes contar a mí.
—Díselo. Esta noche, no mañana.
—Vale, vale. Se lo digo. —Una pausa—. Y si sales del coche, coge el paraguas, que siempre lo dejas en el maletero.
Colgó. Iraine se quedó mirando el eco, aquella lámina de cristal negro que todavía estaba caliente, hasta que la pantalla se apagó sola. Luego se ató el pañuelo rojo en el pelo, cogió el bolso del asiento de al lado y salió a la lluvia.